Llegué con una maleta pequeña y apenas dos días por delante, suficientes para moverme entre Guadalajara, Zapopan y Tlaquepaque, comer, entrar a un taller de chocolate y terminar mirando hacia arriba frente a Orozco.
Día 1
Lo primero fue dejar la maleta; me hospedé en NH Collection Guadalajara Providencia, perfecto para dormir. Además, gracias a su ubicación, te permite volver con facilidad a donde quiera que vayas. El hotel cuenta con 137 habitaciones y está sobre São Paulo, en Providencia.
Después, a caminar hacia el Bosque Los Colomos; aquí la ciudad parece quedar unos pasos atrás. Hay senderos, árboles altos y el Jardín Japonés, un rincón donde el ruido de Guadalajara se vuelve distante. Caminé sin buscar demasiado el rumbo, que es una de las mejores maneras de empezar una ciudad. Desde ahí seguí por el Andador Pablo Neruda, donde el paisaje cambia poco a poco del verde a las calles de Providencia.
Desde ahí puedes cruzar hacia Zapopan. El centro se presta para caminar: la Basílica, la plaza y el Andador 20 de Noviembre forman un recorrido breve en el que aparecen templos, restaurantes, galerías y tiendas. No intenté verlo todo. En 48 horas, aprender a dejar algo para después también es parte del viaje.
La pausa llegó en forma de torta ahogada. En José el de la Bicicleta, la historia está incluso en el nombre. El negocio comenzó en 1960 y recuerda a Don José recorriendo las calles de la Calzada Independencia en bicicleta para vender sus tortas. La tradición terminó convirtiéndose en uno de esos sabores que explican una ciudad mejor que cualquier folleto.
Por la tarde tocó Tlaquepaque. El Centro Histórico tiene otra cadencia: fachadas, galerías, cerámica y talleres aparecen mientras uno avanza por el Andador Independencia. Entré a Cristina Taylor Chocolat para una cata y, durante un rato, el viaje se redujo al aroma del cacao, sus texturas y la historia detrás de cada chocolate.
Ya de noche regresé a Providencia para cenar en Tintoretto. Después de un día entero caminando, la ciudad se veía diferente: menos monumental y más cotidiana, como si por fin empezara a conocerla.
Día 2
El segundo día comenzó en el Centro Histórico. Guadalajara tiene una manera particular de juntar épocas en pocas cuadras y basta caminar un poco para encontrar la Catedral, plazas, edificios históricos y el Hospicio Cabañas.
Entré al Cabañas por sus patios y terminé frente a los murales de José Clemente Orozco. En la antigua capilla, "El hombre de fuego" obliga a levantar la mirada. Hay algo hipnótico en quedarse unos minutos ahí, quieto, mientras el resto del recorrido puede esperar.
Para despedirme, volví a la mesa. Esta vez, a Tortas Toño, un negocio que comenzó hace más de tres décadas como un pequeño puesto en Providencia y que hoy tiene varias sucursales en la ciudad. Pedí otra torta ahogada y recogí la maleta de regreso al aeropuerto...
En Guadalajara, 48 horas alcanzan para caminar entre árboles, cruzar de un municipio a otro, conocer el barro de Tlaquepaque, descubrir el cacao y terminar frente a un mural que parece moverse. Lo demás tendrá que esperar a otro viaje.
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